E n t e o g e n i a

ESOS PEQUEÑOS 
SERES (2). 


Por: José Alfredo Gonzalez Celdrán. 
Licenciado en Filología Clásica.


 En la primera parte de ese artículo se trató el carácter femenino preponderante y más antiguo de la práctica totalidad de las religiones conocidas y el hecho de que aun en aquéllas donde el elemento masculino parece ensombrecer cualquier otra concepción, lo femenino nunca desaparece, sino que opera en una suerte de sincretismo que lleva, no a la supresión de las formas más primitivas de creencia, sino a una fusión de ese primitivismo con la modernidad del nuevo culto que se impone.

 
Bisonte de Altamira
Bisonte de Altamira
    Lo importante de reconocer el elemento femenino de fondo en las distintas religiones no reside en el hecho de pensar que nuestra primera divinidad fue mujer en vez de hombre, al menos en lo que respecta al hilo argumentativo de este trabajo, sino en el hecho importante de que ese carácter femenino va inevitablemente asociado a la naturaleza, a lo agrario, a los árboles tanto silvestres como cultivados, a los frutos y las flores, a la tierra. Los cultos masculinos son cultos del aire, del trueno, del rayo, de la tormenta, de las montañas eruptivas donde se asienta Yahvé o de las nubes donde Thor truena en lo alto.
   Son asimismo cultos de cazadores donde se exalta la pieza capturada, como se advierte al contemplar las pinturas rupestres de diversos emplazamientos prehistóricos, cuyos ejemplos más notables pueden ser las cuevas de Altamira en Santander o la de Trois Frères en Ariège, Francia. Y son también cultos de guerreros ancestrales en lucha continua, dioses soldado como Ares, Marte, Indra, Huitzilopochtli y el propio Yahvé, que conducía a su pueblo en la lucha, como lo hacía Odín con sus bersekr.

   Cuando hablamos del carácter femenino de una religión nos referimos a que se asienta en los principios de lo vegetativo, de lo que nace y lo que muere, y por ello íntimamente ligadas a los seres y los ciclos de la Naturaleza. Hasta ahora he intentado demostrarlo por el hecho lógico de que las divinidades de dichas religiones tienden a ser hembras, porque las hembras son las más directamente afectadas por lo periódico, tal y como se observa en los ciclos menstruales, asociados por su duración a las fases lunares, y en la sucesión vida-muerte que implica todo acto de nacimiento.

   Pero no siempre son mujeres las representaciones principales de estos contenidos femeninos. Los griegos llamaban madre a la tierra y, bajo diversas advocaciones, era adorada como una diosa de primera magnitud. Llámese Gea, Rea o Cibeles, se trataba siempre de un mismo rostro y, como Deméter, recibía a sus fieles en uno de los ritos más cosmopolitas de la antigüedad, el celebrado en la villa de Eleusis aguardando su epifanía. Pero Dioniso, en principio un dios extranjero, llegó a la vida espiritual griega como un dios también vegetativo, relacionado por un lado con lo agreste, como señor de la hiedra y las fieras, y por otro con lo cultivado, en tanto que patrón del vino. Así, Dioniso era Deméter y Ártemis a un tiempo, pero también era Afrodita, la diosa del amor carnal y de lo reproductivo, por cuanto el falo era elemento ornamental de su cortejo y hasta blasón de alguno de sus compañeros, como es el caso de Pan. Dioniso, pues, acaparaba las funciones de tres diosas y hasta llegó a formar parte del panteón eleusino, formando una tríada con Deméter y la hija de ésta, Perséfone, como dios niño en el regazo de la última, algo que en cierto modo nos recuerda a la imagen de nuestra Sagrada Familia.

   Como afirma Nicholas J. Saunder, "el panteón azteca estaba presidido por múltiples dioses de la agricultura, la humedad y la fertilidad". Los aztecas adoraban a una diosa de la fertilidad, Chicomecóatl, y a una diosa tierra, Coatlicue, madre de Huitzilopochtli, pero rendían también culto, como ya vimos, a Tlaloc, el dios de la lluvia que fertiliza los campos (de hecho el paraíso azteca, como lugar de innúmeras delicias, recibe su nombre de este dios y pasa a llamarse Tlalocán) y junto a una diosa de las flores, Xochiquetzal, hermana de Quetzalcoatl, tenían a Xochipilli, príncipe de las flores. En la localidad peruana de Pachamac había un santuario frecuentado por numerosos peregrinos que iban a practicar el "culto de una deidad creadora y de la tierra, de carácter oracular, en cuyo honor realizaban sacrificios humanos y de animales. El nombre de tal divinidad era asimismo Pachamac, pero, lejos de ser una diosa, como cabría esperar, se trataba de un dios supremo masculino, al igual que en Egipto la divinidad vegetativa por excelencia no era Isis ni Hathor, sino Osiris, esposo de la primera y origen del cultivo del trigo y la fabricación de la cerveza entre los egipcios.

     Concluiremos que, independientemente del género que adopte la antropomorfización de sus dioses, la naturaleza está en la base de la mayoría de las creencias religiosas. Ahora bien, los panteones a que hemos venido haciendo referencia suponen en cada cultura un estado avanzado de creencias, ya que todos ellos presentan bien estructurada la idea de dios y se encuentran entrecruzados de episodios mitológicos bien definidos que, sin duda alguna, remiten a un pasado en que tal nivel de organización no estaba presente. Como afirma George Dumézil, "en todas las sociedades (...), y tanto en religión como en las instituciones sociales y políticas, lo que los documentos más antiguos nos muestran no es la nada seguida de un nacimiento y un crecimiento progresivo, nos presentan un estado de cosas ya complejo en el que los numerosos elementos no solamente se yuxtaponen sino que se articulan: es decir, en definitiva, unas estructuras". A nosotros nos parece muy claro que las estructuras suceden al caos y no podemos admitir que Amón, Ptah, Ra u Osiris nacieran ya formados con las características de la religión de los períodos menfita, tebano y saíta en el corazón de los egipcios. Antes bien, las teologías de cada época habrán de remontarse a un pasado más o menos lejano en el que empezaron a gestarse las coordenadas que permitirían la o las evoluciones de creencias aún más primitivas: "así podemos suponer", dice Müller, "que el panteón egipcio tuvo sus orígenes en el más remoto y oscuro neolítico (o quizás incluso en el paleolítico), y considerarlo con seguridad como un producto del más primitivo barbarismo".
 
 
Chamán-ciervo de Trois-Frères
Chamán-ciervo de Trois-Frères
El neolítico constituyó sin duda la mayor revolución en la historia del hombre. Hasta la fecha aproximada de 6.000 a. C., los grupos humanos eran esencialmente cazadores-recolectores que dependían de la bondad del suelo y de la abundancia de animales para subsistir. Hace 1'8 millones de años, uno de estos grupos inició un proceso migratorio que les llevó desde su cuna 
 en África a extenderse por el resto del mundo, y en un lapso de tiempo muy largo siguieron manteniendo su relación de estrecha dependencia con el medio. Pero hace 8.000 años "en Asia central y en el sudoeste, grupos humanos, conscientes tal vez del peligro de agotamiento de los recursos vegetales y animales de la Tierra, afectados por la constante recolección y caza a lo largo de generaciones, comenzaron a interferir en la producción natural de plantas en el suelo, desterrando hierbas inútiles, sembrando semillas de cereales y preparando las tierras para su cosecha". Desde aquella fecha, el hombre aprendió a dominar la naturaleza en beneficio propio, sin depender de lo que el suelo le ofreciera, sino obligando al propio suelo a ofrecerles sus frutos.

El hombre paleolítico centraba sus creencias religiosas en los animales que cazaba, tales como el oso, el toro o el ciervo, si bien exclusivamente como una forma de apelar a instancias desconocidas para obtener una buena presa o como medio de atraerse, pintándolos en las paredes de sus cuevas o enterrando y acumulando sus huesos, la benevolencia de los animales apropiándose de su poder, como es el caso del famoso chamán-ciervo pintado en la cueva de Trois Frères, al que podemos ver recubierto con una piel de ciervo que, presumiblemente, lo acercaba más al espíritu del animal. Pero aún sí descubrimos ya en el Paleolítico superior un principio de culto a una diosa madre, como puede presumirse por las estatuillas de mujeres halladas en diversas localizaciones del Viejo Mundo y de las cuales la más famosa es sin duda la Venus de Willendorf, llamada así por la localidad austríaca en que fue hallada. Tal y como aún ocurre en muchos pueblos primitivos, el hecho del nacimiento suponía un factor de profundo asombro para el sector masculino de la tribu y éste debió ser el motivo que les llevó
a representar a una divinidad femenina, tal y como puede deducirse por el hecho de que los órganos sexuales de las figuras aparecen muy acentuados. La estrecha relación entre las prácticas mágicas y religiosas del hombre paleolítico no nos permite, en cualquier caso, definirnos con claridad acerca del carácter de su religión, si es que puede hablarse de religión en este caso. Lo cierto es que el nuevo orden impuesto en el neolítico conlleva una serie importante de evoluciones de tipo económico y social, por cuanto de ahí arrancan los principios de propiedad y riqueza, pero junto con ello "el sistema de creencias tampoco puede permanecer indiferente a los cambios que se producen. La supervivencia y la prosperidad del grupo dependen de la fertilidad de la tierra y de los animales. El desarrollo de la vida está marcado por los cambios en las estaciones", que se reproducen en tránsitos iniciáticos cuyos ritos están documentados en pueblos más recientes a través de la etnografía. "La fertilidad de la tierra está personalizada en la Diosa Madre, quizá una extensión del incipiente complejo paleolítico debida a la semejanza simbólica entre la fecundación de la tierra por la lluvia y la fecundación de la mujer por el hombre" (Moure Romanillo, p. 156).
Venus de Willendorf
Venus de Willendorf
     Ocurre además que los motivos que dieron lugar a la revolución neolítica pudieron no ser tan de índole grupal y tribal, en tanto que reacción frente a la escasez de alimentos y las condiciones climáticas adversas, como proponen algunos autores. Existe un mito universal, analizado por Joseph Campbell en el primer volumen de su obra "Las Máscaras de Dios", que asocia en una misma narración tres elementos: una serpiente, una mujer y un árbol. A los que participamos de la tradición judeocristiana dicho mito nos resulta muy familiar por la narración del Génesis sobre nuestros primeros padres, Adán y Eva. Según Campbell, la serpiente representaría "el semen masculino fructífero identificado con las aguas de la tierra y el cielo, e imaginado en la serpiente fálica, parecida al agua, al relámpago, por la que la doncella será transformada". De ser así, esta concepción reflejaría una continuidad con la creencia paleolítica en las diosas madres de vulva inflamada que ocultan dentro de sí el misterio de la generación, asociándose el elemento masculino y otorgándole un carácter mágico al semen, como trasunto de la lluvia y el agua que fertiliza la tierra. Pero lo importante es que la relación entre el árbol y la mujer traduce una posibilidad de origen del neolítico, es decir, del inicio de la sociedad y de los dioses de dicha sociedad, que omite factores climáticos, alimenticios, geológicos y de hipotética superpoblación. Dice Campbell: "...no sabemos en qué punto del gran arco de la Esfera «a» [África y la India] se les ocurrió a algunas de las mujeres que buscaban raíces comestibles la idea de que sería sensato reunir sus plantas alimenticias en jardines, tampoco sabemos si la idea surgió de un concepto de economía o de algún «rapto» o juego ritual relacionado. Todo lo que sabemos es que las funciones de la plantación y de este mito están relacionadas y que el mito florece entre los horticultores". Podemos imaginar una tribu paleolítica en que los hombres se encargan de procurar cazando el sustento diario mientras las mujeres, libres de otra ocupación que criar a sus hijos y recolectar frutos, tienen ocasión de intuir los procesos de crecimiento de la naturaleza y reproducirlos luego en forma de cultivos en las inmediaciones de la aldea. El beneficio de este descubrimiento pudo ser lo que terminó por conferir a la mujer un status social superior, hasta el punto de originar las primeras líneas de matriarcado que debieron caracterizar el conjunto del neolítico y los primeros estadios de las civilizaciones más antiguas.

Para el cazador, esta sabiduría naturalmente asociada a la mujer debió ser algo extraño y mágico, y la mujer se convirtió en depositaria de unos poderes especiales que la diferenciaban de los hombres. Esos poderes consistían en dominar la tierra, obligarla a generar diversas plantas buenas a capricho y obtener gracias a dichas plantas efectos en ocasiones sobrenaturales, como aliviar el dolor e incluso curar enfermedades. Las mujeres extraían el alma de las plantas y la hacían maniobrar a su antojo. Así, no debió resultar extraño que la posesión de estos poderes diera lugar primero a un temor reverencial entre los hombres y luego al deseo de terminar con la tiranía del conocimiento femenino, bien apoderándose de él, bien rodeándolo de tabúes que encerraban a las mujeres y su mundo en un ghetto cultural dominado por el recelo y una creciente discriminación dentro de la tribu. En consecuencia, las veces en que las mujeres se reunían, lo hacían en el más estricto secreto o bien el motivo y los contenidos de sus reuniones sólo eran conocidos por las participantes. La razón pudo ser una prudente actitud defensiva respecto de los hombres, que por otro lado, aceptaban la inevitabilidad de dichas reuniones en consonancia con el principio establecido por Freud sobre la actitud neurótica de rechazo al objeto agredido, que implica una segunda fase psicológica de veneración de dicho objeto. Además, con discriminación o sin ella, las mujeres poseían facultades sagradas y esto era algo que se debía respetar. Sirva como ejemplo que cada dos años tenían lugar en Grecia reuniones de este tipo entre las seguidoras de Dioniso, que a mitad del invierno subían en secreto a las montañas y, al parecer, danzaban y celebraban determinados ritos sólo conocidos por referencias dispersas en los textos griegos. Subían de noche y sus actos quedaban ocultos no sólo a los hombres, sino al resto de las mujeres que no participaba de ellos, hasta el punto de que en cierta ocasión, como relata Dodds citando a Plutarco, varias de estas ménades "quedaron incomunicadas por una tormenta de nieve y hubo que enviar una expedición de rescate"(Dodds, p. 252).

Danza femenina en una tribu del río Xingú (Brasil)
Danza ritual femenina en una tribu del rio Xingú (Brasil)

       Las sociedades secretas existen desde el pasado más remoto, como cofradías o como sociedades propiamente de hombres, mujeres o, ya en períodos tardios, mixtas. Suele entenderse que las más antiguas son las de hombres, o Mannerbünde, y en este sentido hallamos en Mircea Eliade referencias al jeraeil de los Kurnai australianos, donde se descubre a los novicios el nombre y el mito del Ser Supremo (Iniciaciones Místicas, p. 30), o a la iniciación a la pubertad de los Selknam en Tierra del Fuego, en la que los jóvenes conocen el poder maléfico de Xalpen, el espíritu femenino, y la bondad de Olim, un hechicero que deshace los entuertos de aquélla. Pero existen también agrupaciones femeninas, por lo general relacionadas con el descubrimiento de la sangre menstrual, hecho que, como es bien sabido, ocasionaba un terror atávico a los hombres. En estas sociedades de mujeres, la llegada de la pubertad da lugar a ritos secretos en los que los hombres suelen imponer sus restricciones, y así, por ejemplo, "en algunas tribus de la costa norte de Australia, la joven catamenial permanece aislada durante tres días en una cabaña, donde se someterá a diferentes tabúes dietarios" (ibidem, p. 77), e incluso pueden durar un tiempo extremadamente largo, como entre las Yao, cuya "iniciación empieza con la primera menstruación, se repite e intensifica durante el primer embarazo, terminando únicamente tras el nacimiento del primer hijo" (ibidem, p. 80). Y en la Biblia, en el capítulo XV del Levítico XV, Moisés dicta las normas a seguir sobre el tratamiento como impuros que deben tener tanto hombres como mujeres cuando tienen flujos, pero mientras el hombre (Lev. XV, 2-5) queda inmundo por un día, la mujer queda inmunda por siete: "cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche" (Lev. XV, 19). Los tabúes sobre la menstruación se alargan hasta el versículo 30, pero con anterioridad, en el capítulo XII, llegan incluso hasta el momento del parto: "...la mujer cuando conciba y dé a luz varón, será inmunda siete días; conforme a los días de su menstruación será inmunda (...) Mas ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre (...) Y si diere a luz hija, será inmunda dos semanas (...) y sesenta y seis días estará purificándose de su sangre".

      Bien sea por propia iniciativa o por imposición masculina, el misterio de la procreación, que es el misterio mismo de la naturaleza, queda siempre en secreto por obra de las propias mujeres o por restricciones tabú de los hombres. Pero entre los ritos masculinos aparecen elementos en que, como en el caso citado de los Selknam, se inspira al novicio un sentimiento de rechazo místico de lo femenino, mientras algunas partes del rito incluyen una asimilación del propio elemento femenino que se pretende rechazar. Muchos son los pueblos que practican y han practicado la circuncisión, pero aún perviven quienes realizan las llamadas subincisiones: en torno a un mes desde que el novicio sea circuncidado, los Arunta australianos le realizan un corte longitudinal en el pene que, en opinión de Winthuis, "tendría por objeto dotar simbólicamente al neófito de un órgano sexual femenino, a fin de hacerle semejante a las divinidades, quienes (...) serían bisexuales" (ibidem, p. 51). El mito de la bisexualidad divina es recogido también por Platón y cabría pensar aquí en un origen sexualmente indeferenciado de las creencias religiosas de los arunta y de otros pueblos en todo el mundo a lo largo de la historia, pero, como bien apunta Eliade, la creencia en dioses bisexuales no es muy antigua en Australia y cita a W. H. Roth, quien observó que los Pitta-Pitta y los Bubia de Central Queensland, en el noroeste, "identifican la herida de la subincisión con la vulva y llaman al neófito que acaba de ser operado «el que tiene una vulva»". El neófito busca, pues, asumir la condición femenina apoderándose del centro mágico de poder de las mujeres, su vulva, por donde tiene lugar el nacimiento de animales y hombres. Esto es lo que ocurre, también en Australia, en la tierra de Arnhem y las zonas del noroeste con el Kunapipi, un rito en el que los jóvenes abandonan la pubertad comprendiendo los principos de renovación de la Vida Cósmica a partir del mito de las dos hermanas-madre Wauwulak, devoradas por la serpiente Julunggul; se trata de un rito de iniciación masculino, pero el término que lo nombra, Kunapipi, significa madre en la lengua de los aborígenes. Por consiguiente, las asociaciones secretas masculinas no son por necesidad más antiguas que las femeninas, y el hecho de que algunas sociedades femeninas contengan elementos masculinos es ante todo una cuestión formal, porque la esencia de lo femenino es la que fundamenta cualquier tipo de asociación, ya que en última instancia "explica el deseo de las mujeres de organizarse en círculos cerrados, para celebrar los misterios relacionados con la concepción, nacimiento, fecundidad y, en general, con la fertilidad universal" (ibidem, p. 133). Donde los hombres han logrado relegar a las mujeres a un segundo plano, los elementos esenciales de la experiencia religiosa femenina pervivirán formando un cuerpo con el conjunto de prácticas rituales masculinas. Así ocurrió con Deméter, con la tracio-frigia Cibeles y con Dioniso, con los misterios órficos, cuyo epónimo, Orfeo, fue descuartizado por las mujeres que le adoraban, y, tal como hemos visto hasta ahora, con el conjunto general de las religiones del mundo.
 
 
A pesar de todo, el tabú esencial de lo femenino hará que, por ejemplo, en la Edad Media europea, el nombre de quien practicaba la brujería tuviera connotaciones distintas según fuera macho o hembra: en la España del siglo XIV, el Infante Don Juan Manuel habla en su Libro de Patronio de forma respetuosa sobre el mágico de Toledo, en suma un brujo, mientras que su sociedad y la de siglos posteriores consideraban que las mágicas, las brujas, debían sus facultades al demonio en vez de a Dios, cuando lo cierto es que las primeras brujas eran expertas herbolarias capaces de sustituir o superar a los médicos de la época, oficio, por lo demás, reservado exclusivamente a los hombres. Brujas volando en escoba (Grabado de Goya) 
Brujas volando en escoba (grabado de Goya)
   Los viejos corsés se repiten y la pervivencia inconsciente del tabú originario llevó a la quema de numerosas sabias y a un contexto de paranoia colectiva que sirvió de marco a uno de los períodos más tristes en la religión de Occidente. Lo femenino se mantendrá en la sombra y todos los ritos asociados a lo femenino guardarán relación con lo que está oculto. Los procesos de nacimiento, muerte y resurrección propios de la naturaleza se verán amalgamados, por su carácter igualmente oscuro, con el sempiterno rechazo de los hombres, y todos aquellos cultos donde lo escondido es protagonista adquirirán el marcado sabor femenino que hizo de las brujas unas mujeres perversas.

    Si la vida es un misterio femenino, también lo será la conclusión de la misma, y los dioses de las mujeres pasarán a ser dioses del inframundo, de la muerte y la resurrección y, en general, de lo oculto, siendo así que las manifestaciones de dichos dioses habrán de corresponderse con este ocultismo: Dioniso es un dios enigmático que, como Jesucristo, nace y muerte todos los años; la epifanía de Deméter era un riguroso misterio; los faunos y las ninfas aparecían saliendo de lo profundo del bosque sin ser vistos, como Oberón, Titania y su cortejo de seres fantásticos en la obra de Shakespeare durante una noche de San Juan, y sólo algunos privilegiados, como Hesíodo, describieron sus experiencias con las Musas en términos poéticos; los seres del parque narrados por M. R. James se muestran de noche, cuando más difícil resulta verlos, e incluso Yahvé aparece envuelto en un velo de tinieblas cuando decide mostrarse a su pueblo, y ello sólo a individuos escogidos, como Moisés. Teniendo en cuenta que las leyendas tradicionales europeas nos hablan con frecuencia de niñas, doncellas o princesas en un entorno silvestre y relacionadas con elementos mágicos o sobrenaturales, bien en forma de brujas, bien de humanoides diminutos, bien de personajes teriomorfos, y puesto que dichos elementos suelen vivir apartados en lo profundo del bosque y no tienen más que un trato esporádico con los humanos, debemos concluir que las historias de gnomos, hadas y elfos participan, en su relación con una joven, del carácter secreto y mistérico propio de lo femenino, es decir, que suponen una pervivencia en el estrato folklórico de fórmulas religiosas muy antiguas, cuyo origen radicaba indefectiblemente en las mujeres.

    Como vimos con anterioridad, el Neolítico implica modificaciones económicas y sociales, pero también del sistema de creencias y, si el progreso se produjo a raíz de la domesticación de la naturaleza, será la naturaleza la que se constituya en principal fuente generadora de dioses y de los mitos en que los dioses se ven envueltos. Todos los procesos vegetativos cobrarán importancia, desde la tierra que gesta las semillas hasta la lluvia que la fecunda y el sol que mantiene la vida con sus rayos, y la adoración de los dioses que los presiden se mantuvo de forma más o menos solapada en cada una de las religiones de cada una de las culturas de la Antigüedad, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo.

Vista parcial de Stonehenge
Vista parcial de Stonehenge

    El siguiente paso lo constituyó un aumento en la capacidad de abstracción del ser humano. Si una planta crece, si un árbol da fruto, el viento sopla o el sol se torna rojo en el ocaso es porque todos ellos están animados, es decir, poseen un alma, un espíritu que los equipara en cierto modo al ser humano. Porque otro culto asociado a la Madre Tierra y propio de las sociedades agricultoras es el "culto a los antepasados y al espíritu de los muertos" (Maringer, p. 253), representados por la erección de dólmenes, menhires y cromlechs, como el de Stonehenge en las proximidades de Salisbury, Inglaterra. La observación del hecho rutinario de la muerte habría dado lugar al temor de morir y luego al deseo o la esperanza de que la propia muerte no fuera el último tramo del camino: "el hombre primitivo observa que hay una diferencia entre el cuerpo vivo y el cadáver, y de ello saca la conclusión de que debe haber algo en el primero, aunque de esencia inasible, que falta en el segundo, de ahí la noción de principio vital" (Lowie, p. 111). Los hombres tienden a sentir el miedo de perder ese algo enigmático, pero al mismo tiempo comprenden que están dotados de un segundo yo que trasciende a un nivel distinto de existencia. Ese otro yo es el alma. Sin embargo, las construcciones que se dedicaban a los muertos eran con mucho mejores que las destinadas a la vivienda, y ello, según Maringer, "no era solamente porque se interesaran por su bienestar en el otro mundo, sino también porque estaban convencidos de que los muertos ejercían alguna especie de poder sobre los vivos y sobre las fuerzas de la naturaleza" (Maringer, p. 225).

La diosa Invención da a Dioscórides una mandrágora con forma humana
La diosa invención entrega a Dioscórides
una mandrágora con forma humana

    Directamente relacionado con lo anterior se hallan las experiencias oníricas de los pueblos primitivos actuales, que pueden ser una pervivencia de situaciones lejanas en el tiempo. Cuando un salvaje sueña o tiene una visión, ve "formas humanas distintas de las suministradas por la experiencia despierta" (Lowie, p. 111). El salvaje, pues, cree haber estado en los sitios y haber hecho las cosas que ha soñado, e incluso puede haber hablado con animales, árboles o montañas. De este modo, al igual que él se siente dotado de un espíritu que, por otro lado, no se disuelve en el aire, sino que perdura, este espíritu humano debió servir, según E. B. Taylor (Lowie, p. 115) de modelo para la creencia en almas "de inferior categoría". Quizá los primeros en recibir una fueran los animales, pues "los hombres primitivos raramente, o nunca, trazan una línea clara de demarcación entre la humanidad y los otros animales como grupo" (Lowie, p. 11), pero luego, como en el caso del culto al Tabaco de los indios Pueblo o la adoración del hongo entre los mazatecas mejicanos, fue la Naturaleza al completo la que obtuvo en todos sus componentes el regalo de un alma. Si otorgamos credibilidad al relato de Carlos Castañeda sobre sus experiencias con el indio yaqui Juan Matús, el famoso Don Juan creía que el peyote (Lophofhora williamsii) poseía un espíritu al que llamaba mescalito, y también hablaba de las relaciones que tanto mescalito como el aliado presente en la Datura inoxia mantenía con quienes trababan amistad con ellos. Pero ya con anterioridad vimos que Osiris aparecía entre los egipcios como espíritu del grano y como espíritu arbóreo, de donde se deduce que en un estadio primitivo Osiris fue el nombre con que los propios egipcios reconocían el otro yo de estas plantas. Además, en tanto que espíritu arbóreo, Osiris está igualmente relacionado con otros dioses, como Zeus, cuya voz se manifestaba a través de las encinas de su santuario en Dodona, o como el Celta Esus y el nórdico Odín, a quienes se sacrificaban víctimas colgándolas de un árbol. El propio Odín se colgó a sí mismo de un árbol para obtener el conocimiento y, entre los celtas, el dios equivalente al Marte romano guardaba, bajo su denominación de Marte Arixori, relación con el roble, ya que aritza es el nombre de dicho árbol en vasco. Los mitos de distintas culturas reconocen un árbol sagrado, como los dos plantados por Yahvé en el Paraíso, el Yggdrasil nórdico, representado en la tierra por el gran roble Irminsul, o el árbol Persea que la mayoría de las ciudades egipcias mantenía y adoraba en sus templos principales. Mientras Adán y Eva comieron el fruto de uno de esos árboles en Edén, sus correlatos nórdicos surgieron, gracias a los dioses, del tronco de unos árboles y sus nombres eran Askr, fresno, y Embla, olmo, como entre los mayas la segunda de las generaciones de los hombres era de madera. El sumerio Gilgamesh construyó su tambor y su palo rituales con la madera del árbol sagrado de Inanna, y fue gracias a las astillas a que la vieja Tzitzimil redujo a Mayahuel, amada de Ehecátl y convertida por éste en árbol, que las viñas aparecieron en el mundo, después de que Ehecátl, dios del viento, soplara sobre ellas y las esparciera por el mundo. Según anota Frazer, "casi todos los griegos hacían sacrificios al «Dioniso del árbol»" y "en Beocia uno de sus títulos era «Dioniso en el árbol»"; de hecho, "su imagen era a menudo simplemente un poste vertical, sin brazos, pero cubierto de un manto, con una máscara barbuda para representar la cabeza y con ramas frondosas proyectándose desde la cabeza o el cuerpo para mostrar la naturaleza de la deidad" (The Golden Bough, p. 387). Dioniso era dios del pino, de la higuera, del plátano, pero también del mirto, de la hiedra y, por supuesto de la vid, como Mayahuel por obra de Ehecátl. Deméter residía en las espigas de trigo que la representaban y recordemos que igual ocurría con las ninfas Melíades, Cariátides y Dríades, residentes del fresno, las nueces y las encinas.

Amuleto con la forma del Mjolnir, martillo de Thor.

El complejo espiritual que traducen estos ejemplos no es sino el recuerdo de una situación antigua en la que no sólo los hombres, sino también los animales y las plantas estaban dotados de un espíritu que los convertía en singulares y poseedores de un hálito que asemejaba a los unos con los otros. Los seres vivos, sin excepción poseían un alma, y ese alma tenía un inevitable componente divino. Tanto la espiga que se dora al sol como la tierra que la acoge son espíritus que evolucionan hasta convertirse en Deméter, igual que la vid y la hiedra modelan a Dioniso y las flores toman cuerpo en el azteca Xochipilli. Unos árboles se transforman en ninfas y otros organizan en torno suyo el plan general de la Creación. Los dioses germinan en la tierra y brotan elevando sus hojas hasta lo más alto del cielo. Y no es algo que ocurra exclusivamente con seres vivos. Junto al concepto de animismo que venimos usando, R. R. Marett acuñó el término animatismo para "aquellos casos en que existe la misma evidencia de que los salvajes consideran vivo lo que nosotros clasificamos como objeto inanimado" (Lowie, p. 133). También los cuerpos inertes, que, por otro lado, son tan susceptibles de tomar parte en las experiencias oníricas de un salvaje como un oso o un leopardo, tienen o pueden tener espíritu, y ese espíritu, por ejemplo, hace que el sol, que distribuye su calor sobre la tierra, da luz y favorece la vida, lo haga porque posee un alma que lo asemeja a los seres vivos, y aquella bola brillante del cielo acabará recibiendo nombres diversos en las distintas culturas: Ra, Osiris, Amón y Ptah para los egipcios, Apolo entre los griegos, Inti para el mundo incaico, Yang en China, Shamash para los babilonios... Un avance teológico posterior, o puede que coetáneo, llevaría a la noción de Dios Creador y Omnipotente, pero, fuere como fuere, queda claro que esos panteones divinos en su origen no eran más que familias de espíritus afables, juguetones, bondadosos o malignos, relacionados con cualesquiera elementos de la naturaleza. "En general, el griego, en su estadio más primitivo", afirma José García López, "observó el «poder» o los «poderes» que se manifestaban en los distintos campos de su actividad y tendió a acercarse a ellos. Estos poderes podían residir en el mundo animal, en el vegetal y en el mineral, quedando así la naturaleza toda convertida en la morada endiosada de unos seres sobrenaturales a los que había que atraer o bien alejar por medio del culto o de la magia en algunas religiones" (García López, p. 23). Idéntica opinión mantiene Max Müller para la religión egipcia y propone un origen animista en la misma a efectos de explicar "su interminable y confuso panteón", donde los dioses se cuentan por miles. "En los comienzos", asegura, "pudo existir una tendencia a atribuir espíritus tutelares a cada árbol o roca del tamaño o forma inusual, o a cada casa y campo, siendo adorados, en el primer caso en la forma del sagrado objeto mismo en el que moraban y en el último siendo imbuidos de algún sorprendente objeto de la localidad o en algún animal destacado que solía frecuentar el lugar". Y aunque conocemos varios panteones formados por dioses egipcios plenamente caracterizados, dichos dioses no son todos los espíritus en que creían los primeros egipcios, porque "muchos de estos espíritus tutelares nunca se convirtieron en dioses reales, es decir, que nunca recibieron un culto regular" (Müller, pp. 17-18). Nosotros tenemos noticia del sector que tuvo éxito dentro de un interminable hormiguero de seres divinos o de condición casi divina.

     Así pues, cualquier elemento de la naturaleza es susceptible de poseer un alma que luego podrá convertirse o no en dios. Pero, de entre todos, el mundo vegetal es el que más ha suministrado espíritus que adorar a los hombres a lo largo de su historia. Por lo general, salvo en el caso del nahualismo, los animales simbolizan poderes o ideas religiosas. Así, el león simboliza el máximo poder, y la dulzura de la paloma es perfecta para una diosa del amor como Inanna-Astarté o Afrodita, aunque a veces se nos escapa el verdadero sentido de las figuraciones animales: tal es el caso del babuino o del ibis en el Thot egipcio. No se adora al toro, sea un becerro dorado a los pies del Sinaí o el sagrado y raro Apis faraónico, sino lo que el toro representa. Sin embargo, Deméter es la espiga, y la vinculación de Dioniso con la vid es tan estrecha que resulta difícil separarlos y no ver en el jugo fermentado de la una a Dioniso mismo, como el vino de la eucaristía cristiana es la sangre de Cristo y el pan, es decir, el producto cocinado de la espiga de Deméter, su propia carne. La figura de Eva cobró mayor sentido por su relación con el fruto de un árbol y, si de cualquier planta podemos pensar que, por su importancia o el provecho que nos brinda, tiene un espíritu que la trasciende, si una planta muda puede imbuirnos la fantasía de su voz, )qué ocurre entonces con aquellas que verdaderamente nos hablan?

 

(La bibliografía y la procedencia de las ilustraciones
aparecerán en el siguiente número de ESTIGIA
con la tercera y última parte de este artículo)
 

 
 


NOTAS SOBRE EL AUTOR:
 
JOSE ALFREDO GONZALEZ CELDRAN , es Licenciado en Filología Clásica y ejerce como Profesor de Enseñanza Secundaria.
Es miembro del Comite de Redacción de Estigia, responsable del área de Religiones y Mística.
Es un gran conocedor de temas relacionados con  el chamanismo, drogas alucinógenas, religiones, antropología, mitología, etc.
Es colaborador habitual y asesor técnico del programa radiofónico "El Ultimo Peldaño", de
Onda Regional de Murcia.
Para dirigirse a él, en relación con el presente artículo o cualquier otro tema: e-mail: 



 
PPágina Principal